El eterno «Peter Pan» de Dani Martín vuela alto en Barcelona

29/04/2026

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El Último de la Fila: una insurrección sentimental bajo la lluvia


La mítica banda formada por Manolo García y Quimi Portet regresó a los escenarios para ofrecer un concierto para los más nostálgicos.
 

Un concierto íntimo a cielo abierto, una ceremonia de reencuentro o una forma colectiva de volver a los 80 durante tres horas. Pero lo de El Último de la Fila en Barcelona fue algo más que una gira de regreso. Fue una noche de lluvia, memoria y canciones cantadas desde ese lugar extraño donde se mezclan la nostalgia, la alegría y todo lo que una no sabía que todavía llevaba guardado.

Treinta años después, Manolo García y Quimi Portet volvieron a subirse juntos a un escenario en Barcelona, y el Estadi Olímpic respondió como se responde a las cosas que han sido importantes: llenándose a rebosar. Más de 50.000 personas bajo un cielo encapotado, paraguas abiertos, chubasqueros improvisados y esa emoción rara de quien no va solo a ver un concierto, sino a comprobar si las canciones de su vida siguen teniendo pulso. Y sí, lo tienen. Vaya si lo tienen. Las crónicas hablan de un Estadi colmado y de una noche atravesada por una lluvia irregular que terminó formando parte del relato.

El concierto empezó como empiezan las cosas importantes: volviendo al barro, al primer temblor, a ese lugar donde todavía no había estadio ni épica generacional, pero ya estaba todo latiendo.

Sonaron “Huesos” y “Conflicto armado”, y de golpe estábamos ante ese planeta anterior llamado Los Burros: más gamberro, más torcido, más de callejón y de madrugada, pero ya lleno de esa forma tan suya de mirar el mundo. Como si lo absurdo, lo popular y lo poético hubieran decidido irse juntos de bares. Ese olor a los días en que Manolo y Quimi ya empezaban a construir una forma propia de mirar el mundo cuando ya asomaban el surrealismo, la ironía y la mirada popular que después definirían a El Último de la Fila. 

Aquello no fue un simple guiño arqueológico para fans de fondo de armario. Fue una manera de decir: antes de todo esto, antes del estadio, antes de las canciones convertidas en himnos, ya estaba esta chispa rara. Esa manera de convertir lo cotidiano en delirio y el delirio en canción. 

Y por eso, cuando más adelante apareció “Disneylandia”, también de aquel universo de Los Burros recogido en Rebuznos de amor, fue como abrir una puerta secreta dentro del concierto. Un fogonazo de ese pasado más libre, más deslenguado, más marciano. 

El salto llegó enseguida con “Querida Milagros”, del primer disco de El Último de la Fila, Cuando la pobreza entra por la puerta, el amor salta por la ventana, y algo se abrió. Como si de golpe el estadio dejara de ser un estadio y se convirtiera en una habitación enorme llena de gente cantando una carta que todavía duele un poco. Padres e hijos a viva voz, como recuperando las canciones que se cantaban cuando los coches no se conectaban a internet y el disco sonaba hasta rallarse. A partir de ahí, la noche empezó a desplegar su mapa sentimental. “Mi patria en mis zapatos” y “Aviones plateados” nos llevaron a Enemigos de lo ajeno, ese disco de 1986 que explica buena parte de por qué esta banda se quedó incrustada en la memoria musical de varias generaciones. 

Entre medias apareció “Sin llaves”, de La rebelión de los hombres rana, último disco de estudio del grupo, publicado en 1995, como una pequeña grieta hacia el final de aquella historia que ahora, de algún modo, se estaba reabriendo. Y después “El loco de la calle”, también del debut, agitó el primer tramo con ese aire de himno de acera, de personaje que camina por el margen pero canta como si tuviera todo el derecho del mundo a ocupar el centro. Y después “No me acostumbro”, de Enemigos de lo ajeno, que volvió a recordar hasta qué punto aquel álbum concentra algunas de las canciones más queridas del grupo.

La lluvia, lejos de arruinar nada, acabó haciendo de dramaturga. “Dios de la lluvia”, de Como la cabeza al sombrero, sonó casi como una ironía perfecta para la escena. A veces la vida tiene estos plot twists un poco obvios, pero cuando funcionan son una gozada. Manolo García se mojaba como uno más, se movía de aquí para allá, se reía, se enfundaba en un albornoz con algo de superhéroe en el salón de casa y convertía el mal tiempo en pacto colectivo. 

De Como la cabeza al sombrero llegó “La piedra redonda”, emprendiendo un viaje hacia esa dimensión más mediterránea, lírica y expansiva que hizo del grupo una rareza dentro del pop-rock español de los ochenta. Así abrieron paso a “Llanto de pasión”, “Sara” y Ya no danzo al son de los tambores”, para cuando el concierto se puso más hacia dentro. Llegaron momentos de garganta baja, de gente cantando sin gritar, de canciones que son recuerdos. “Sara” tuvo esa cosa luminosa y familiar de las canciones que todo el mundo reconoce antes incluso de que terminen de empezar. 

También hubo mar. Mucho mar, evidentemente. “Mar antiguo”, de Astronomía razonable, uno de los discos donde El Último de la Fila alcanzó una madurez especialmente reconocible: canciones amplias, con vocación popular, pero atravesadas por imágenes poéticas y una sensibilidad nada convencional. Y luego “Cuando el mar te tenga”, de Nuevo pequeño catálogo de seres y estares, siguió tirando de ese imaginario tan suyo: cuerpos que se van, caminos, intemperies, horizontes, canciones que hablan de fuga pero también de pertenencia. Esa magia estaba hecha y así abrieron una zona más melancólica y contemplativa del repertorio. De ese mismo disco sonó “Canta por mí”, como si la banda quisiera recordarnos que cantar, a veces, es exactamente eso: una forma de sostener lo que no sabemos decir de otra manera.

El tramo de Astronomía razonable fue uno de los grandes corazones de la noche. “El que canta su mal espanta”, “Lápiz y tinta” (¡wooow!) y, más adelante, “Como un burro amarrado en la puerta del baile” demostraron que aquel disco sigue teniendo una fuerza popular enorme. Sentido de pertenencia en mayúsculas. Canciones que cada cual ha llevado a su manera, en coches, cocinas, duelos, fiestas, adolescencias, separaciones, mudanzas y domingos raros. 

Y es que El Último de la Fila tiene algo difícil de explicar sin ponerse un poco intensa. No eran modernos como quien quiere ser moderno importante. No eran simplemente pop, ni rock, ni rumba, ni canción de autor, ni folclore urbano. Eran y son una mezcla rarísima de todo eso, con letras que parecen escritas entre una taberna, una libreta de viaje, una iluminación mística y un chiste privado. Y nunca terminaron de agotarse. Porque una frase suya puede parecer absurda a los quince años, necesaria a los treinta y devastadora a los cincuenta.

En escena, Manolo García volvió a ser ese cuerpo que canta con los brazos, con los giros, con los hombros, tirándose sobre un sofá con ruedas, con la teatralidad de quien no interpreta una canción sino que la atraviesa. Quimi Portet, más discreto, más lateral, fue el contrapunto perfecto: guitarra, sonrisa, oficio y ese humor seco que siempre parece estar diciendo algo aunque no diga nada. La banda sonó compacta, sin necesidad de convertir el concierto en ninguna feria. Había pantallas, visuales y guiños, pura coherencia sí, pero lo importante estaba en otro lugar: en la voz, en las guitarras, en los coros, en esa multitud devolviéndoles las canciones como quien devuelve una carta muchos años después.

La recta final fue directamente una descarga emocional. “Dulces sueños” volvió al primer disco para recordarnos de dónde venía todo; “Los ángeles no tienen hélices” recuperó de nuevo la electricidad de Enemigos de lo ajeno; y cuando llegó “Como un burro amarrado en la puerta del baile”, el Olímpic terminó de soltarse. Ahí ya no había lluvia, ni edad, ni prudencia. Solo una ciudad cantando una canción que sigue teniendo algo de fiesta triste y de alegría desobediente.

Y entonces, claro, llegó “Insurrección”. Hay canciones que una no puede escuchar de forma limpia porque vienen cargadas de demasiadas vidas encima. Sonó como tenía que sonar: enorme, inevitable, coreada, con esa mezcla de rabia, belleza y liberación que la ha convertido en mucho más que un clásico. Fue el momento en que todo el estadio pareció ponerse de acuerdo en dejar claro que algunas canciones no envejecen del todo: cambian de edad con quien las canta, pero conservan intacta su capacidad de reunir, sacudir y emocionar.

El cierre con “El Rey” funcionó como despedida, brindis y abrazo de salida. Una versión final para bajar del monte emocional, para reírse un poco después de tanta intensidad, para cerrar la noche con un gesto popular y compartido. El Último de la Fila no se fue como quien termina un concierto. Se fue como quien deja algo encendido.

El Último de la Fila no volvió para reinventarse. Ni siquiera para competir con el presente ni para disfrazarse de grupo postmo. Volvió para encontrarnos junto a sus canciones intactas en la memoria de miles de personas, y para ofrecerles una última gran noche compartida. 

Bajo la lluvia de Montjuïc, Barcelona no asistió únicamente al regreso de una banda: asistió a una conversación pendiente con su propia juventud, con sus años y con esa música que, incluso cuando pasa el tiempo, sigue sabiendo dónde tocar.

Un concierto para cantar lo que fuimos, lo que perdimos y lo que todavía, por suerte, sigue sonando dentro.

 
Autores de la crónica


Ricard Novella

Fisioterapeuta y fotoperiodista, apasionado de las artes escénicas en general y de la música en particular sin importar el género, grupo o millones de seguidores. Adicto a la adrenalina de un buen concierto y de la felicidad de su ambiente, despierto y atento, buscando el mejor momento.


Irene Parrita

Consultora de transformación digital y comunicadora especializada en género y estudios LGTBIQ+. Le apasiona el rap, le pellizca el flamenco y le mueve la electrónica. Colabora como redactora en Metronome desde 2018.

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