El testament vital d’un arquitecte de l’indie: Edwyn Collins emociona Barcelona

08/05/2026

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08/05/2026

 

La Plazuela: una jarana con raíz para una primavera que no se acaba


El Indio y el Nitro presentaron Lugar Nº0 en el Sant Jordi Club como una rave con memoria: barrio, raíz y electrónica para confirmar que el roneo también puede sonar a jarana gloriosa.
 

La Plazuela, el dúo granadino formado por Manuel Hidalgo —Indio— y Luis Abril —Nitro—, aterrizó en el Sant Jordi Club —en el marco del Banco Mediolanum Guitar BCN26— como si la noche ya les perteneciera. No hubo tanteo, ni calentamiento largo, ni esa distancia fría de los conciertos grandes. Desde el primer tema, dejaron claro que no venían solo a presentar su nuevo disco: venían a levantar una noche entera, a mezclar raíz y máquina, jaleo y precisión, calle y artificio, como si el futuro también pudiera sonar a patio, a feria y a after.

El concierto arrancó con material del nuevo disco, Lugar Nº0, esa nueva estación sonora donde La Plazuela parece haber ensanchado su propio universo después de su impresionante debut, Roneo Funk Club (2023).  Sonaron temas como “Sólo eres pa mí”, “B12”, “18010”, “D.L.Y”, “Tiempos raros”, “Eterna primavera”, “La cara de Dios” o “Mala de verdad”, desplegando un directo más trabajado, más grande y más escénico que el de aquella primera explosión de Roneo Funk Club. Pero la conexión con el público se encendió pronto, especialmente cuando apareció una de las canciones del primer disco y la sala empezó a cantar como si estuviera defendiendo algo propio. Ahí se vio una de las claves del concierto: La Plazuela ya no es solo una banda con canciones reconocibles. Es una banda con himnos.

En Lugar Nº0, el dúo de Granada se desmarca con un álbum multicultural que parece buscar el salto a una escena más amplia, incluso internacional, sin perder la textura de trastero, barrio y necesidad que los vio nacer. Porque, en el fondo, aún siguen siendo esos chavales que arrancaron La Plazuela en un viejo trastero de Granada: Indio y Nitro, seis años después, siguen haciendo música por necesidad, sin que el éxito haya terminado de corromper esa urgencia primera. Hay más ambición, sí; más producción, más capas, más mundo. Pero también permanece esa forma de cantar desde un lugar reconocible, como si cada canción siguiera saliendo de una conversación larga entre colegas antes de que amanezca.

En esta nueva entrega, además, incorporan cierta sensibilidad introspectiva que da lugar a joyas como “Tiempos raros”, su último single: una mezcla fascinante de breaks, armonías jazz, tintes autobiográficos y un delicioso estribillo vampirizado de José El Francés. El dúo tiene esa virtud extraña de convertir el malestar en algo que se puede bailar. Han logrado retratar debates generacionales desde un prisma canalla y esperanzador. Donde otros se quedan en la queja, ellos arman jarana. Y en Lugar Nº0, su segundo elepé, esa jarana ha crecido hasta convertirse —como ya se ha escrito— en uno de los cancioneros más rotundos de la temporada.

El Sant Jordi Club funcionó por momentos como una plaza cubierta. Había palmas, baile, gritos, brazos arriba y esa sensación de que el público estaba formando parte del engranaje de una 49 trucada subiendo de noche por el barrio del Albaicín. La Plazuela juega precisamente a eso: a convertir el concierto en una maquinaria colectiva donde el flamenco, el funk, la electrónica y el pop de verbena no aparecen como piezas sueltas, sino como una lengua común, y con acento. Una lengua que entiende igual quien viene del quejío que quien llega por el bajo bailable, el sintetizador o el estribillo de madrugada, como el Cristo del Consuelo. En directo, lo suyo no funciona como un collage, sino como una gramática. Y nada entra como adorno.

Uno de los momentos más emocionantes fue ver cómo iban hilando canciones y atmósferas. “Eterna primavera” abrió una zona más expansiva, casi de celebración suspendida. Luego aparecieron guiños y cruces que llevaron el concierto hacia otros lugares: la conexión visible con Mimi/Lola Índigo, que apareció como colaboradora; Carmen y María la Blanco a los coros y especial gloria en “Sólo eres pa mí”; el eco de David de Jacoba, que abrió el pecho de las allí presentes con su aparición y su voz. 

También hubo lugar para la improvisación y el juego con “Si lo callo, muero”, el single que La Plazuela había publicado apenas unos días antes del concierto, casi como una bocanada de aire antes de la vorágine de gira. La canción sigue la línea experimental de Lugar Nº0, pero abre otro registro: más reposado, más cercano a cierto pop canónico, aunque atravesado por melodías flamencas y acordes mayores que en sus manos nunca suenan del todo domesticados. Hay riesgo, innovación y algo de primera vez: el tema fue grabado en directo y, en Barcelona, lo llevaron al escenario sin apenas haberlo preparado, como quien no quiere capturar solo una canción, sino también un estado. En lo lírico, además, se acerca a un territorio que no habían transitado tantas veces de forma tan directa: el amor.

La banda se permitió moverse entre registros sin que el concierto perdiera pulso. Al contrario: cada giro parecía abrir otra puerta de una cochera donde las noches pierden la noción del tiempo.

Y del tiempo también hablaron. La Plazuela se subía al escenario después de un año y medio de trabajo, creación, grabación y búsqueda; un tiempo fuera del directo que, lejos de enfriar la conexión con el público, parecía haberla cargado de más intención. “Me he mantenido en recordar por qué empecé con esto”, cantan en “Tengo que pensar”, y esa frase podría funcionar casi como una brújula para entender el momento que atraviesan. Quizá por eso, en mitad de la euforia, también hubo espacio para mirar lo que normalmente queda fuera de foco: el oficio, el equipo, las horas invisibles que hacen posible que un concierto parezca espontáneo.

Nitro puso en valor al equipo técnico, ese engranaje que sostiene el espectáculo cuando todo parece flotar solo. Y el gesto no fue menor. El concierto tenía apariencia de desborde, de verbena lanzada al vacío, pero estaba armado con una precisión enorme. Incluso cuando hablaban de improvisación o de canciones recién llegadas al directo, se notaba el trabajo detrás. Explicaron, por ejemplo, que Cardenal Sur, llegados desde Argentina, llevaban más de seis meses preparando el show con ellos. Esa mezcla entre vértigo y control atravesó toda la noche.

También apareció el comentario con filo: el precio de las entradas, lo difícil que es sostener la música en directo, los músicos, la industria y todo aquello que muchas veces queda sepultado bajo la expectativa de pasarlo bien. No era una reflexión aislada. En la propia intro del nuevo disco ya aparece ese “para un segundo” que suena casi como una advertencia frente a una industria acelerada, agotadora, donde todo parece tener que crecer, venderse y agotarse en cuestión de minutos. Porque la fiesta, cuando es honesta, también sabe señalar sus propias condiciones de posibilidad y sus costuras. Detrás del jaleo hay equipo, carretera, ensayo, inversión, oficio y una apuesta. Apostar fuerte, además. Y ahí La Plazuela volvió a colocarse en un lugar interesante: como una banda capaz de celebrar sin dejar de mirar de frente lo que cuesta levantar esa celebración.

Esa tensión entre lo que se baila y lo que se cuenta atraviesa todo su universo. Ellos mismos lo han explicado alguna vez con una claridad casi desarmante: les gusta la música enérgica, pero escriben desde la pena, desde la rayada, desde aquello que duele. Y quizá ahí está una de sus grandes fuerzas. La Plazuela no niega el desarraigo, la nostalgia o la ansiedad; los mete dentro de melodías luminosas, de bajos que empujan, de estribillos que invitan a saltar. Porque cuando una está bien, quizá se va a tomar cervezas con sus colegas. Cuando algo escuece, a veces sale una canción.

El tramo final fue directamente una combustión. “Péiname Juana” cayó como lo que ya es: una contraseña generacional. Da igual cuántas veces haya sonado, porque en directo sigue teniendo algo de estampida alegre. Después llegaron momentos como “Realejo Beach” y “Tangos de copera”, con ese “y la verdad a mí me engañó”, que terminaron de convertir la sala en una especie de verbena eléctrica. Y antes, ese cierre más inesperado y ecléctico con “B12” nos dejó flotando.

La noche terminó dejando la sensación de que La Plazuela está en pleno salto. Ya no vive únicamente de la frescura del primer golpe. Ahora hay una propuesta más grande, más consciente y más musculada. Hay relato, hay sonido propio, hay imaginario. Y, sobre todo, hay una manera de hacer que lo popular no suene a postal ni a nostalgia, sino a presente efervescente. Ya no están solo en el lugar del descubrimiento ni del fenómeno inesperado. Están construyendo una identidad propia, una forma de hacer convivir el barrio y la electrónica, la copla y el club, el roneo y la sofisticación. Lo suyo sigue teniendo descaro, pero ahora también tiene músculo, conciencia del cuerpo y del camino.

En el Sant Jordi Club, La Plazuela no dio simplemente un concierto. Montó una fiesta con raíz, una rave con memoria, una primavera rara que sonó a Granada, a pista de baile y a algo que todavía está creciendo. Un patio andaluz que se abre al futuro. Y demostró que, cuando el roneo se toma en serio a sí mismo, también puede ser una forma de vanguardia.

 
Autores de la crónica


Ricard Novella

Fisioterapeuta y fotoperiodista, apasionado de las artes escénicas en general y de la música en particular sin importar el género, grupo o millones de seguidores. Adicto a la adrenalina de un buen concierto y de la felicidad de su ambiente, despierto y atento, buscando el mejor momento.


Irene Parrita

Consultora de transformación digital y comunicadora especializada en género y estudios LGTBIQ+. Le apasiona el rap, le pellizca el flamenco y le mueve la electrónica. Colabora como redactora en Metronome desde 2018.

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